martes, 2 de mayo de 2017

DÍA INTERNACIONAL CONTRA EL BULLYING. CONSTRUIR PROYECTOS ANTIBULLYING EN LAS COMUNIDADES EDUCATIVAS


En una ocasión como esta, en el Día contra el Bullying, merece la pena que reflexionemos sobre si el camino que hemos recorrido hasta aquí, como sociedad entera, nos está conduciendo a los resultados deseados y cómo podemos mejorar lo que estamos haciendo. Una jornada como esta debe ser reivindicativa y propositiva. No quedarse en declaraciones grandilocuentes y reflexionar sobre los retos a los que nos enfrentamos.

Desde la 'ola Jokin' se han movilizado muchos esfuerzos por parte de la sociedad, de las administraciones y de la comunidad educativa, en atajar un fenómeno grave que provoca mucho sufrimiento y va en contra de todos los derechos humanos en su esencia. 

Entonces sensibilizamos sobre la importancia educativa de la prevención del abuso para atraer a su esfera de preocupación a todos cuantos actores estaban y debían estar implicados. Se realizaron investigaciones y estudios. También se lanzaron mensajes institucionales y profesionales. Se idearon planes de convivencia, se normativizaron protocolos, se ofrecieron programas de actuación, modelos de intervención sobre cómo debía ser su abordaje, y se han dado informaciones y formación útiles para que los y las profesionales de la educación intervengan en la prevención y gestión de los casos. Sin embargo, a día de hoy todavía seguimos enfrentándonos a retos cruciales pendientes.

A nadie se le escapa que hoy el acoso entre iguales es un tema que vende y está en el escaparte social. Y como producto, tiene una demanda más allá de lo educativo. Últimamente se le ha colocado en la esfera del mercado y termina ocupando intereses de marketing en conferenciantes, publicidad de empresas, fundaciones y ongs, corporaciones mediáticas, productores artísticos, ... difuminando a los verdaderos responsables de la intervención, el alumnado, las familias y el profesorado. Evitemos y rechacemos la mercantilización de las soluciones al maltrato. No hay soluciones mágicas ni definitivas, aunque se ofrecen bajo estándares de calidad para quienes la pueden pagar, haciendo gala de medidas que son las que hemos defendido siempre y que en absoluto son patrimonio de nadie, por mucho que vayan envueltas en papel celofán y a precio de privilegio. Porque el derecho a la seguridad física y emocional de los y las menores la reivindicamos como un derecho universal que las administraciones públicas, junto a las comunidades educativas, debemos garantizar entre el alumnado de cualquier contexto y nivel para asegurar su dignidad, y de paso, los procesos de enseñanza-aprendizaje. Ese tiene que ser nuestro reto.

Es tiempo de vertebrar medidas específicas contra el bullying, diferenciadas de las que utilizamos para la resolución de los conflictos, porque el acoso no es un conflicto al uso. Por tanto, en los planes de convivencia hemos de discriminar medidas preventivas y de intervención que lo detecten, aborden y superen. Medidas que sabemos que resuelven el acoso o el ciberacoso y que no están pensadas para problemas de otra naturaleza. Ttofi y Farrington en 2009, después de analizar cuarenta y cuatro evaluaciones de programas contra el acoso, establecieron un top de medidas efectivas que rebajaban la prevalencia del bullying, y en el primer lugar situaron el entrenamiento de los padres y las madres. ¿Qué estamos haciendo al respecto? 

Ya no es tiempo de sensibilizar, sino de gestionar proyectos, donde demos respuesta a los casos en cada comunidad educativa, desde una perspectiva participativa y reconstructiva, involucrando a todo el alumnado implicado en salidas dignas y sinceras, a las familias en compromisos de acción y al profesorado en respuestas profesionales de liderazgo y gestión. Construyamos proyectos antibullying que lo sean de toda la comunidad educativa.

Ya no es tiempo de mirar hacia fuera, buscando recetas que nos solucionen problemas que tenemos dentro. Es tiempo de reclamar la intervención de los agentes educativos mejor posicionados (alumnado, familias y profesorado) y de cuestionar la de otras figuras externas que aterrizan en los centros para advertir del riesgo de caer en el acoso, sin abordar la naturaleza moral del fenómeno. El miedo no educa. No queremos que nuestros alumnos y alumnas se conduzcan por temor al castigo, sino porque construyan principios morales universales que rijan sus decisiones. Es hora de proponer en cada comunidad educativa proyectos propios y diferenciados, no importados, sentidos y construidos de abajo a arriba, que respeten la diversidad y la idiosincrasia de los perfiles de las personas y los casos, ofreciendo respuestas reales y efectivas para los contextos que las reclaman. Reflexionemos juntos sobre esos casos que tenemos y que nos preocupan, y busquemos salidas ajustadas y educativas en las que todos los perfiles y personas tengan algo que aportar. 

Ya no es tiempo de información. Es tiempo de capacitación y habilitación (mucho más que formación) de los agentes educativos (alumnado, profesorado y familias), en el entrenamiento de respuestas ante los casos, en toda su diversidad. Saber qué y cómo hacer.... cuando es toda la clase la que ejerce el maltrato, cuando quien lo sufre también lo provoca y me lo oculta como madre, cuando se meten con mi compañera de clase y no se cómo ayudarla, cuando quien lo sufre no se defiende o sí, y no se qué respuesta darle como padre, cuando el acoso se da en la red y no sabemos quién está detrás de él, cuando quien agrede no colabora o sí lo hace, cuando las familias no admiten salidas moralmente aceptables, cuando el profesorado no lo gestiona bien en su grupo, cuando el tutor quiere hablar de ello en el grupo por primera vez ... Esto no se logra con conferencias internacionales sobre ciberbullying, ni con cursos genéricos de formación sobre convivencia. Es mucho más complejo, exige entrenar y poner a prueba múltiples destrezas y habilidades en forma de respuestas que emiten las familias, el alumnado y el profesorado frente a casos concretos, a través de intentos, ensayos, errores y feedback de quienes observan y saben, y desde posiciones de seguridad antes de actuar. Por eso, nos queda mucho por avanzar. Entrenemos a los agentes educativos en habilidades concretas y efectivas contra el acoso a partir de casos específicos. En la formación inicial, en el ejercicio profesional y en la que se da a lo largo de la vida.

No nos debe preocupar únicamente que se reduzca el bullying, sino que debemos apostar por medidas que ayuden a construir una cultura de paz, a establecer una convivencia positiva en el seno de las comunidades educativas y entre sus miembros. Implementando programas de aprendizaje y servicio, de habilidades sociales, de educación emocional, de prácticas restauradoras de las relaciones interpersonales, ... pero sobre todo, de educación moral y de toma de decisiones acertadas, porque el bullying no es solo un problema, emocional, conductual y social, básicamente estamos hablando de un problema moral. Por eso son necesarios programas de Educación Moral en nuestras comunidades educativas que construyan una Convivencia Ética y persigan transformar la sociedad en la que están. Porque siempre hemos creído en eso.

Es tiempo para la construcción de Proyectos Antibullying que tengan las cinco 'C', 

*Conscientes (discriminando medidas específicas contra el maltrato dentro de los Planes de Convivencia) 

*Colectivos (construidos por toda la comunidad, alumnado, profesorado y familias)

*Característicos (con respuestas propias que resuelvan problemas propios)

*Coherentes (que eduquen moralmente y conjuguen el juicio moral con la conducta moral)

*Competentes (que habiliten y capaciten a quienes los tienen que llevar a la práctica para afrontar el bullying)


José María Avilés Martínez

Convives